jueves, 7 de junio de 2012

EL DORMITORIO DE LA TORRE


    Si alguien me preguntara cuál es el lugar más bello de Madrid, contestaría que la torre central del edificio de la Real Compañía Asturiana de Minas. Hay muchos edificios madrileños de principios del siglo XX que están rematados por torres acristaladas que albergan una habitación, una sola habitación llena siempre de luz, pero ésta de la Compañía Asturiana de Minas es la más hermosa de todas las torres. Porque ella misma, en su eclecticismo, reúne resonancias de todas las épocas, desde las villas palladianas hasta la primera arquitectura neoyorkina, y porque desde ella se ve lo mejor que puede verse desde las ventanas madrileñas: el palacio real, los jardines de Sabatini, el Campo del Moro, la Casa de Campo, la sierra de Guadarrama, las cumbres de Gredos.

    La Compañía de Minas se disolvió hace tiempo, pero sigue dando nombre al edificio. Después de haber servido a usos diversos, el edificio se quedó sin destino. Toda la belleza de sus ventanales emplomados, sus apliques de bronce, sus lámparas de cristal, sus miradores de hierro y sus cúpulas de pizarra quedó en riguroso silencio, sin nada ni nadie en torno. Las salas, las mansardas, las terrazas, la nave industrial, todo quedó vacío y mudo.

   Pero estos días ha sucedido lo contrario: el edificio de la Real Compañía Asturiana de Minas se ha llenado de cosas y de gentes. No hay un rincón que no esté recargado de objetos y abarrotado de curiosos que se agolpan para verlos. Las cuatro plantas del edificio, y también la nave industrial trasera, están dedicadas, durante dos meses, a albergar una exposición de objetos decorativos. El concepto de objeto decorativo es tan ambiguo –y en el fondo tan absurdo– como el de objeto de regalo, o el de objeto arrojadizo. Cualquier cosa sirve para decorar o para regalar, como cualquier cosa puede servir para lanzarla a la crisma de quien nos ataque inesperadamente.

    Cada sala del viejo edificio se ha encomendado a un decorador distinto, que la ha llenado a rebosar de muebles y de objetos. Predominan los gruesos cortinones que caen lánguidamente, los cojines de todos los tamaños y colores, las bolas de acero, los huevos de avestruz, la vegetación de plástico, la fauna de cristal y de cerámica. Cada sala es como el retrato robot de un delincuente, el semblante inexpresivo de un ser que no existe y que se ha compuesto a base de añadir rasgos anónimos.

    ¿Quién querría convertir su casa un trasunto de alguna de estas salas?  Sería como vivir en una casa ajena, compuesta de cosas que le gustan a otro. Cuánto más bella es la austeridad propia que el recargamiento de los decoradores, y sobre todo, cuánto más expresivas son unas pocas cosas personales que unas pocas o muchas cosas que nada tienen que ver con quien las vive.

   Pero volvamos a la torre. El acierto ha sido colocar en ella el dormitorio. Todo resulta artificial en esta exposición del noble edificio de la Compañía Asturiana de Minas, menos el dormitorio de la torre. Quitando todo lo que hay en ella y poniendo nuestra modesta cama de todas las noches, qué deliciosos amaneceres viviríamos en este lugar único. 

Interior de la torre central de la Compañía Asturiana de Minas

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