lunes, 9 de abril de 2012

UN TOLEDITO PEQUEÑO


(–Pero bueno, ¿un lunes? ¿No es el colmo de la incongruencia?
–Sí, sí, lo reconozco, pero un hallazgo así me ha obligado a contarlo inmediatamente.
–No veo la justificación por ninguna parte. Algo tan intrascendente puede contarse en cualquier otro momento. ¿Dónde está la actualidad del asunto? ¿No se puede esperar al martes, o incluso a otra semana cualquiera?)

Tantos años reuniendo imágenes grabadas de Toledo, buscándolas en librerías de viejo de España y de otros lugares, especialmente de Francia y Alemania –donde se hacía en los siglos XVIII y XIX más grabado que aquí–, y nunca había encontrado una referencia a esas estampas en la literatura antigua, la escrita al tiempo que esos grabados se imprimían. Porque muchos viajeros de los siglos pasados, cuando visitaran la ciudad, comprarían grabados como recuerdo y los clavarían en las paredes de sus casas, y otros los llevarían con ilusión en el viaje de regreso para regalarlos a los amigos.

Pero aquí, en la comedia de Lope de Vega La prisión sin culpa, está el  testimonio de que esos grabados, que ahora son objeto de colección o de museo, que han llegado a nuestros días en papel amarillo y quebradizo, fueron algo vivo, un objeto usual de la vida cotidiana:

TRISTÁN. Voyme, Camila, a Toledo.
CAMILA. ¿Qué me has de traer de allá
       mientras me quitas el sueño?
TRISTÁN. Un Toledito pequeño
        con el que huelgues acá.

Camila se imagina ya que la ausencia de Tristán le va a causar tristeza. Con algo de exageración y de reproche le anticipa que el sentirle lejos le va a quitar el sueño, y le pide a Tristán un recuerdo, una prueba de que se va a acordar de ella en la ciudad que va a visitar. Tristán le promete “un Toledito pequeño”: un papel en el que esté la ciudad entera que  va a recorrer. A una Camila de nuestros días,  Tristán le anunciaría el envío de una postal, o le prometería hacer algunas fotos, pero en esa época –la comedia es de 1617– sólo puede ofrecerle un grabado. No había entonces otro medio de reproducción popular de imágenes que el aguafuerte o el buril.

Con esos pocos versos de Lope las viejas estampas cobran de pronto una vida palpitante. El grabado que se reproduce debajo de estas líneas –el más vendido en los años iniciales del siglo XVII, cuando el poeta escribe su comedia, cuando Tristán recorre Toledo– se convierte en un documento actual. Lo miramos con ojos nuevos y nos hacemos idea, por primera vez, de cómo era la ciudad más universal del imperio, un nombre mítico pero una imagen desconocida. Casi oímos el chirriar del tórculo que ha estampado el grabado y olemos el aroma acre de la tinta fresca. Imaginamos que este es el ejemplar que Tristán ha comprado en alguna de las covachuelas que venden estampas y libros en pergamino frente a los altos muros de la catedral, en la calle Hombre de Palo o en la bajada del Pozo Amargo. Tristán lo trajo enrollado y envuelto en grueso papel de estraza por los polvorientos caminos de Castilla y luego de Andalucía. Camila lo tuvo largos años colgado en su cuarto, y de cuando en cuando soñaba con pasear por las calles de Toledo y bordear la ciudad en una barquichuela del Tajo. Luego pasaron vertiginosamente las generaciones y ahora está enmarcado en una casa madrileña, como si el tiempo se hubiera detenido. Pero los años y los siglos discurren vertiginosamente, y el tiempo lo irá poniendo, una tras otra, en muchas manos.

Ambrosio Brambilla, Toledo, 1605, aguafuerte y buril

No hay comentarios:

Publicar un comentario