jueves, 22 de marzo de 2012

RECUERDO DE JACINTO MATUTE


Pensaba mucho y hablaba poco. Y cuando hablaba lo hacía en voz baja. Disfrutaba la vida, y su vida eran sólo paseos y lecturas. Siempre sólo. A la caída de la tarde cenaba, durante muchos años en una tasca de la calle de la Luna, y en los últimos tiempos en otra tasca de la calle de Fomento. Desde los ventanales del salón de su casa –que era un modesto apartamento de la plaza de España− se veía la cornisa del Palacio Real y la cúpula de la Almudena, y abajo un tablero cubista de tejados rojos. A veces se sentaba frente a uno de los pianos de cola que, encajados uno en otro, ocupaban casi todo el salón. ¿Qué tocas cuando está sólo?, le pregunté. Y sonriendo –sonreía siempre, para borrar cualquier atisbo de solemnidad en sus palabras− me contestó músicas crepusculares.

Algunas tardes tocó en mi casa, antes de cenar. Con la tapa del piano vertical cubierta de libros apilados, con las cuerdas mal templadas, con algunas teclas más flojas que las otras… daba lo mismo. La habitación se trasfiguraba, se elevaba arrebatada por la catarata de notas que fluían, limpísimas, en torrente.

También tocó en la presentación de dos  libros míos. Para Música y poesía del tango preparó un programa en dos partes, la primera con tangos compuestos por  Gardel y la segunda, que él disfrutó más, con tangos de Albéniz, de Milhaud, de Ernesto Nazareth, de Satie, de Kurt Weil. Para Felisberto Hernández-El tejido del recuerdo interpretó las partituras de Felisberto que me envió su familia desde Montevideo. Era la primera vez que se tocaban en España, y quizá en Europa. Algunas de las personas que asistieron me recuerdan de vez en cuando la interpretación de Negros que hizo Jacinto Matute aquella tarde de noviembre de 2005: con qué prodigiosa sonoridad los acordes más graves imitaban esos golpes de tambor que son la médula del candombe. Para otro libro, Las ninfas de Madrid, ya había pensado –sin que yo le dijera nada− en las ilustraciones musicales: las dos Ondinas, la de Ravel y la de Debussy, y alguna otra pieza. La generosidad de mejor ley se anticipa siempre.

En el año 1955, cuando tenía veintiún años, le dieron el premio nacional de virtuosismo. Del Conservatorio de Madrid se fue al de Múnich, y allí estudió perfeccionamiento con Rosl Schmid, la gran intérprete del piano romántico. Al volver de Alemania ganó los primeros premios de los principales concursos de piano. Después de un tiempo de actuación como solista formó un dúo, en 1974, con Ángeles Rentería, catedrática del Conservatorio Superior de Música de Madrid. Juntos han interpretado todo el repertorio de piezas compuestas para dos pianos, desde Mozart y Liszt hasta Bela Bartók, Poulenc y Gershwin.

El dúo tuvo grandes éxitos en Europa  y América –uno de ellos en un concierto dedicado íntegramente a Stravinski en la Sala Gaveau de París−, pero de eso Jacinto Matute no hablaba nunca. ¿De qué hablaba? Me doy cuenta ahora de que hablaba sólo de lo que suscitara su interlocutor. Era tan silencioso que apenas tomaba la iniciativa en las conversaciones. Pero había algunas cosas que parecían estar rondándole siempre por la cabeza: su casa del puerto de Cádiz, desde la que vio llegar los restos de Falla hacia su último destino en la cripta de catedral; las clases de su primera maestra de piano, doña Carmen del Castillo, en la planta baja, con reja, de una casa encalada del barrio gaditano de Santa María; los amigos de sus primeros paseos madrileños, Carmelo Bernaola, Manuel Angulo, Ángel Arteaga, y más joven que él, y más recordado tras su muerte prematura, Rafael Orozco…

Cuando llegó a Madrid para ser ingeniero fue con sus padres a ver a Federico Sopeña, que era entonces director del Conservatorio. Sopeña convirtió aquella entrevista en un artículo de Arriba en que a Jacinto le hizo violinista. El propio Sopeña, que había optado él mismo por lo que llamaba “la plenitud de dos vidas”, criticaba a Jacinto Matute porque no quería ser sólo músico. Jacinto se matriculó al final en derecho y se hizo registrador. Toda su vida tuvo que guardar, como un funambulista, el equilibrio entre dos profesiones que le exigían, cada una por su lado, cosas distintas, y muchas veces complejas y preocupantes. Alguna vez me citó casos de otros músicos funambulistas: Borodin, que era catedrático de química, Ansermet, que era profesor de matemáticas...

El fortiter in re, suaviter in modo que recomendaba Quintiliano presidió no sólo su vida, sino también su ejecución pianística: había mucho rigor y mucha reciedumbre detrás de su fraseo limpísimo. Nunca necesitó partituras a la hora de actuar en público, porque su memoria era prodigiosa. Una tarde que paseábamos por el Madrid viejo y vimos los ventanucos alineados de una casa interior que habían quedado al descubierto por un derribo, recitó por lo bajo el artículo 581 del Código civil, la servidumbre legal de luces. Estaba ya jubilado y recordaba el Código con la misma precisión que en sus años de opositor.

Anticipó su jubilación un par de años, porque quería dedicarse –por fin− al piano sin interferencias jurídico-inmobiliarias. Pero entonces, a la vuelta de un viaje a Huelva, donde se le iban muriendo los últimos parientes, se fracturó un dedo. En urgencias le hicieron una operación precipitada, y luego tuvieron que hacerle alguna más. Otro habría dicho que para él ese modesto dedo meñique de la mano izquierda tenía especial importancia. Pero no lo dijo: por delicadeza y también por timidez. Aun así siguió tocando. Pero me dijo que era el único dedo en que tenía que pensar cuando se sentaba ante un piano.

Hoy, 22 de marzo, hace cuatro años que murió Jacinto Matute. Aquel día fue sábado. Terminaba la Semana Santa. Murió en Sevilla. Qué triste este viaje último a una de las ciudades que más quería: en ambulancia la ida y en coche fúnebre la vuelta. Un mes antes –el 18 de febrero− había muerto Miguel Zanetti, discípulo también de Cubiles, amigo suyo. La última que vez que los vi juntos, Jacinto le preguntó, ¿cuántas veces has acompañado al piano a Victoria de los Ángeles? Y Zanetti contestó: 1.472. Los dos, cigarrillo en mano, sonrieron. 

Fotografía de noviembre de 2005

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