martes, 28 de febrero de 2012

NÍNFULA

En una larga carrera de escrutador de fachadas, ejercida en ciudades de varios continentes, se acaba encontrando rostros de todas las materias y de todos los tamaños. Hasta ayer mismo estaba convencido de que el menor de esos rostros estaba acuñado en el pomo de hierro de un portal de la ciudad siciliana de Palermo (vía Lungarini, número 21). Pero ayer ha aparecido uno menor, y en una calle de Madrid por la que he pasado infinidad de veces. Es un mínimo bajorrelieve, de apenas dos centímetros, fundido en bronce. Estas obras callejeras de arte le sumen a uno siempre en melancólicas elucubraciones. Son doblemente anónimas, porque no tienen autor conocido, pero tampoco tienen espectador conocido. En unos casos son tan pequeñas que pasan inadvertidas (ya digo: he pasado centenares de veces por delante de este portal), en otros casos están situadas tan en alto, que nadie alza la mirada para contemplarlas. Además son adornos, y los adornos se dan siempre por vistos, como los marcos de los cuadros o las molduras de las puertas. Cumplen su función con solo existir. Si cualquiera de estos bajorrelieves se enmarcara y se expusiera un museo, los visitantes se detendrían asombrados. Pero en el lugar en que están –una puerta, un dintel, una cornisa, o como en este caso, una aldaba–, les basta con cumplir con su deber de presencia. No exigen que, además, se les preste atención.

Este pequeño rostro madrileño no llega a ser de una ninfa. Es demasiado niña. Vladimir Nabokov fue el que inventó la palabra nínfula, en su novela Lolita: “Entre los nueve y catorce años surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana sino de ninfas; propongo llamar nínfulas a estas criaturas escogidas”. En realidad, él escribió nymphet, porque Nobokov escribió la novela en inglés. Cuando él mismo la tradujo al ruso escribió nimfetkiнимфетки—. En la edición francesa se tradujo por nymphette. El traductor español usó el diminutivo latino y escribió nínfula. Nadie recuerda ya el nombre del traductor, pero su neologismo (él no) hizo fortuna.

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta.”

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario